02.03.2004 1:35 PM

REYES SIN CORONA

Impresiones directas de un ilustre colombiano

sobre los grandes jugadores de comienzos

del siglo pasado.

 

Por Otto de Greiff ( Tomado de un articulo publicado por el Banco de la República, a comienzos de los años setentas)

Tristes circunstancias de calendario dan a los ancianos el discutible privilegio de poder contar que vieron lo que a los de generacionestes posteriores no les fue dado ver. Los maestros, titulados o no titulados , del ajedrez colombiano han visto a Botvinnik y a Euwe, a Smyslov y a Tal, a Spassky y a Fischer. Y algunos de aquellos aún se han enfrentado a varios de estos. Pero quien esto escribe, aficionado al juego en cuestión desde mucho antes de que entre nosostros adquiriera tal boga, tuvo ocasión de mirar, muchos años atrás, a grandes figuras de un pasado que ya va siendo remoto. Comencemos por el año de 1939, antes de viajar en reverso por el tiempo. En tal año estuvo en Bogotá el campeón mundial Alexander Aliejin, que así debe pronunciarse, y no "Alequin", tomado de la ortografía inglesa Alekhine. Jugó entonces en el foyer del Colón, a la ciega, contra ocho tableros. Ernesto Caro Tanco le ganó al campeón. Los demás perdieron , entre ellos un joven llamado Luis Augusto Sánchez, a quien el suscrito ayudó en la anotación de las jugadas, arte en el cual Sánchez no era muy ducho.

El autor de este artículo, musicólogo y matemático eminente,  Otto De Greiff, fué un asiduo seguidor de los grandes torneos internacionales realizados en nuestro país. Aquí lo vemos en plena crítica recibiendo las explicaciones técnicas del gran maestro brasileño Enrique Costa Mecking, acompañado de su hermano, ilustre poeta, León de Greiff, el primer presidente de la Federación Colombiana de Ajedrez, don Camilo Restrepo y el maestro internacional Luis A. Sánchez, durante una de las jornadas del torneo internacional El Tiempo-Ecopetrol,1970.

Pero diez años antes, en Berlín, hubimos de concurrir, como patos extraanónimos, a dos torneos, no de los mas importantes en la historia del juego. En el primero nuestra emoción fue grande al ver, en la primera ronda, a un obeso jugador ruso de mucha fama por haber ganado en 1925 el gran torneo de Moscú, por sobre Lásker, Capablanca y Rubinstein. Queriamos verlo ganar contra un flacuchento alemán, pero el alemán triunfó; se llamaba Saemish; nadie lo recuerda, pero por aquellos años le gáno a Capablanca, quien en las primerísimas jugadas le regaló toda una pieza (bajar partida). En el mencionado torneo berlinés vimos, sudoroso y gigantón a P. Jhonner, famoso por haber perdido en 1926 en Dresden (bajar partida) con Nimzovich, en una famosa partida que se ha llamado la "inmortal del bloqueo". Y vimos a otro grandulón y de muy bonachón aspecto, que dificilmente se movía apoyado en sus muletas. Su nombre, Grunfeld. ¿Quién no conoce la famosa defensa Grunfeld? Y otros mas había en aquel torneo, que no pasaron a la galería de los grandes del juego.

Pero unos días mas tarde, un pequeño gran torneo, pequeño por el escaso número de

participantes, ocho solamente, que al cabo de la primera ronda se conviertieron en siete, por un retiro justamente (por enfermedad) del único alemán, lo que hizo que la muy nacionalista prensa berlinesa se refiriera durante la justa al torneo de "extranjeros" con un cierto desdén inexplicable hacia la pléyade (exactamente de siete como correspondía a la palabreja en cuestión) que no era ciertamente de anónimos en el juego ciencia, y que se llamaban, pues ya todos pertenecen al reino de la muerte, y en orden alfabetico:

Capablanca José Raúl, no mucho antes, dos años escasos, destronado por el entonces campeón olimpico. En el torneo se veía como un hombre calmado, seco y acaso poco amable, frío e impasible. Fácilmente se impuso en el torneo a dos vueltas.

Marshall Frank J., por muchos años campeón norteamericano, caracterizado por su juego audaz pero no siempre sólido, lo que le valió serias derrotas en encuentros con el futuro campeón Capablanca, a comienzos del siglo. Siempre con un grueso cigarro en los labios daba la impresión de ser un hombre bonachón y abordable.

Nimzovich Aaron, uno de los grandes renovadores del ajedrez, en los dias del llamado "hipodernismo", y cuyo nombre está asociado a la defensa nimzoindia. Daba la impresión de ser un hombre nervioso y desagradable. En alguna ocasión este turista conversaba en voz muy baja con un judio de apellido Kagan, editor de apreciables libros de torneos de ajedrez, en ediciones muy modestas. Kagan alzó un poco la voz y Nimzovich le reclamó silencio airadamente, con un vehemente "chist!". Un día después este mismo turista viajaba en el segundo piso de un enorme bus que lo llevaba al café Koening, lugar del torneo, y a su lado se sentó Aaron Nimzovich. En el momento de tocar bajar del vehículo le faltó osadía para decirle: "señor Nimzovich aquí hay que bajar". Resultado, que Nimzovich hubo de bajar un paradero mas adelante, llegando con cino minutos de retraso a su partida  con Spielmann. La partida fué un empate soso.

Reti Richard, entonces muy famoso teórico del ajedrez, jugador irregular, el primero en derrotar a Capablanca (New York, 1924, bajar partida)  después de muchísimos años en que el cubano no perdió ninguna partida de torneo. Parecía hombre en extremo plácido y amable.

Rubinstein Akiba, uno de los mas grandes reyes sin corona del ajedrez, que años mas tarde murió tristemente como víctima de la guerra. En este torneo empató brillantemente con Capablanca. Su aspecto, profundamente eslavo-judío, revelaba un hombre taciturno y amargado.

Spielmann Rudolf, otro judío, pero al parecer el polo opuesto de Rubinstein, pues mientras este era eminentísimo jugador posicional y hombre taciturno,   "saturnino" como dicen los ingleses, Spielmann era "mercurial", vivaracho, siempre andando de prisa y a saltitos, y en su juego extraordinariamente romántico, como se les dice a los ajedrecistas especializados en el juego impetuoso, con sacrificios espectaculares.

Tartakower Savielly G., en su época el mas prolífico de los tratadistas del juego, en un brillante estilo periodístico, con frecuentes toques de humor y de ironía, no revelados en su aspecto exterior, un poco doctoral. Se dice que por dedicar tanta atención a la literatura sobre el juego ( sin duda su "modus vivendi") no escaló nunca en los torneos las altas posciones de los grandes, siendo su desempeño muy irregular.

Tarrash Siegbert, quedó por fuera de la lista de los siete en cuestión pues fué precisamente el que hubo de retirarse después de la primera vuelta, por enfermedad, y fué gran pesar pues, en 1928, año del certamen, era una verdadera reliquia del juego, ya que desde el siglo pasado el doctor Tarrash (médico de Breslau residenciado en Munich) en cada evento de ajedrez ganaba el primer puesto, o uno de los primeros, siendo llamado "el Hércules de los torneos" y el candidato obligado para disputar la corona a Lasker. Pero en dos campeonatos con él no logró destronarlo.

Por aquellos días hube de ver al gran Lásker en una exhibición de simultáneas, en las que empató con la hija del arriba mencionado editor Kagan (¿Cortesía con el amigo?) y ganó a casi todos los demás; me fué dado verlo de cerca, en un descanso, engullendo salchichas de Frankfurt y fumando un apestoso chicote.

Así, pues, vimos a grandes no campeónes del pasado: Tarrash, Rubinstein, Nimzovich, Bogoljubov, Marshall. Y recordamos, observando a Lásker, a otro grande, muerto en 1918, casi de inanición, que se llamaba Carl Schlechter. En esos días no podía soñarse en una financiación rumbosa como las que exige Bobby Fischer. Solo se pudo gestionar un match a diez partidas (bajar partidas) : las cuatro primeras fueron tablas; Schlechter ganó la quinta; las cuatro siguientes otras tantas tablas; y Lásker logró ganar la décima, empatando la contienda y salvando el título, que estuvo a punto de pasar a un modesto y gran jugador de quien hoy casi nadie se acuerda.