CUENTO CORTO MEJICANO

(E.E.: Nuestro colaborador, maestro internacional mejicano Kenneth Frey Beckman, nos ha enviado un cuento corto, aparecido por primera vez en el número 30 de la revista "Siete Días" de Méjico, de su coterráneo Martín Solares.  Frey conoció a este narrador y ensayista en uno de sus tantos viajes internacionales y quedó tan impresionado de esta corta narración que se ha decidido promocionarla por Internet, desde luego con la aprobación de su autor. )

UNA PEQUEÑA CEBRA. Por: Martín Solares.

Hace tiempo yo quería escribir un libro sobre los sueños. Se iba a llamar "La máscara africana" por un sueño o pesadilla que tuve, que me siguió durante meses y casi terminó con mi dignidad. Desistí sobre la marcha, cuando me enteré de que otros ya habían intentado hacerlo y con mejores recursos: Quevedo, Borges, Freud, el primer cronista de Tampico. Ya iba a tirar los apuntes cuando me encontré el sueño de Alejandro, que vale la pena rescatar, sobre todo porque nuestra amistad terminó a partir de eso. Es un hecho que ahora lamento y me parece comprensible: él me contó su peor pesadilla y yo me reí. Recuerdo que intenté convencerlo de que no lo hice a propósito, de que lo terrible para unos es hilarante para otros y, de que al estar hechos de símbolos, los sueños son difíciles de comunicar, puesto que los símbolos poseen un significado distinto para cada soñador. Si le preguntan a Hugo Hiriart, por ejemplo, que significan para él una alcachofa o un ostión chino, su respuesta diferirá de la de cualquier otra persona (Hugo incluso ha escrito sobre estos temas, si exceptuamos a las alcachofas: un tratado, "Sobre la naturaleza de los sueños" y una espléndida comedia: "El caso del Dr.Caligari y el ostión chino"). Mi amigo, que era ajedrecista y admiraba a Capablanca, no me escuchó.

 

Como sea, aquí está el sueño que le preocupa tanto, mientras que a mí, que soy más profano, me hace reír: Alejandro jugó una partida de ajedrez en la que apostaba la vida. Aunque su contrincante era un jugador profesional, no tuvo dificultades para arrinconarlo con las torres y los alfiles. Cada vez que Alejandro cobraba una pieza, la multitud se molestaba y el ambiente pronto recordó al de un circo romano. El creciente malestar de los testigos le hizo preguntarse si respetarían su vida en caso de ganar, y si no se estarían preparando para lincharlo. Así que se concentró a pesar de los gruñidos y empellones de la multitud, y logró acabar con todas las piezas que presentaron resistencia. Realizó una carnicería sin problemas, llena de inspiración, que "era como deslizarse en mantequilla". Estaba por eliminar al enemigo cuando se le ocurrió mirar la pieza que acababa de tomar, y ese gesto fue su perdición. Cuando disfrutaba de antemano el triunfo en el tablero, descubrió con sorpresa que el caballo que tenía en la mano era en realidad una cebra. Y despertó angustiado, pues olvidó si jugaba con las blancas o con las negras.